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De la góndola al abismo:
El fin del poder de compra en números (2008-2026)
Hace casi una década, mi estimado amigo y especialista en economía minorista, Damián Di Pace, me proporcionó un análisis de su consultora Focus Market que ya entonces resultaba alarmante. Aquel estudio medía cuántas unidades de un mismo producto se podían comprar con un billete de $500. Si en 2017 los resultados eran preocupantes, el panorama en este 2026 revela una erosión del valor de nuestra moneda que carece de precedentes cercanos.
Para entender la magnitud del retroceso, basta con mirar los productos más básicos de nuestra mesa. En el año 2008, con $500 podíamos retirar del supermercado de la vuelta 64 botellas de aceite de girasol de 1.5 litros; para 2017 esa cifra había caído a 8 unidades. Hoy, en el 2026, ese mismo billete de $500 no alcanza siquiera para comprar una décima parte de una botella, cuyo precio promedio ya supera los $5.500.
Lo mismo ocurre con la gaseosa de 2.25 litros: pasamos de comprar 100 botellas en 2008 a solo 11 en 2017; hoy, ese billete es apenas un cambio insignificante frente a un precio que ronda los $4.800. Pero el golpe más duro se siente en la yerba mate, ese emblema de la mesa argentina. Mientras que en 2008 te llevabas 162 paquetes de medio kilo, hoy los $500 no cubren ni el 12% del valor de un solo paquete de las de primera marca.
La pregunta inevitable es: ¿qué pasó con nuestro salario? En 2008, el Salario Mínimo, Vital y Móvil, (SMVM) era de $1.240. En 2017 subió a $8.060 y hoy, en 2026, tras años de nominalidad descontrolada, se ubica en torno a los $420.000. Aunque el ingreso del trabajador aumentó miles de puntos porcentuales en estos 18 años, el costo de los alimentos esenciales subió mucho más rápido. Mientras el salario creció un 33.800% desde 2008, el aceite aumentó más de un 120.000% y la yerba mate superó el 150.000%. Sí, no me equivoqué, los porcentuales son en miles. La carrera entre precios y salarios no fue una competencia, fue una masacre para el bolsillo.
Este escenario no solo castiga al consumidor, sino que asfixia al comerciante minorista. En 2026, el almacenero de barrio enfrenta una odisea diaria: la pérdida de poder adquisitivo de sus clientes lo obliga al fraccionamiento extremo, mientras que el aumento incesante de la mercadería hace que reponer stock sea una timba financiera. A esto se suman costos operativos, tarifas de energía desreguladas y una presión impositiva que sigue sin dar tregua.
Si comparamos la región, la Argentina de 2026 presenta una paradoja. Con un sueldo promedio que ronda los 580 dólares, estamos nominalmente por encima de Brasil o México, pero la capacidad de cobertura de necesidades es inferior. El trabajador argentino apenas logra cubrir el costo de vida básico, mientras que sus pares regionales gozan de una estabilidad de precios que les permite proyectar su economía mensual.
Estos datos confirman que el comercio minorista ha sido históricamente ignorado por los sucesivos gobiernos, a pesar de ser la unidad esencial de distribución y desarrollo social. Urge, hoy más que nunca, una reestructuración profunda: logística eficiente, acceso real al crédito y una ley fiscal simplificada que no trate al pequeño comerciante como a una gran corporación.
Necesitamos ser competitivos para recuperar el mercado interno y el consumo. El tiempo de las promesas y los diálogos circulares se agotó; sin acciones concretas del Estado para desgravar el trabajo y la inversión Pyme, el progreso seguirá siendo un titular de los diarios y no una realidad en la caja del comercio de proximidad ni para el crecimiento social.
ANTONIO FABIAN HRYNIEWICZ
Intelicom2020@gmail.com / x.com: @fabianhry

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