Reporte de InSight Crime : La otra cara de la cifras de seguridad en Rosario, desde el terreno

por Christopher Newton 15 Sep 2025

“Después de esto, vas a necesitar atención en salud mental”, dijo entre risas Gaby, tratando de poner algo de humor durante una entrevista con InSight Crime sobre la vida en los barrios violentos y marginados que rodean la ciudad de Rosario en Argentina.

La seguridad empezó a deteriorarse cuando estalló una guerra de drogas. “Detonó toda esa oleada de crímenes terribles”, contó Gaby. “[Mataron a mucha] gente de la barriada. Salvo que hayan encontrado [cuerpos] en otros lados. Pero, generalmente, eran pibes de los barrios”.

Uno de los asesinados fue el hermano de Gaby. “No se vive de la misma manera”, se lamentó.

Por generaciones, los clanes locales han realizado operaciones criminales en estas zonas. La familia Cantero creó una de las franquicias criminales más poderosas de la ciudad, conocida como Los Monos. Montaron diversos negocios ilícitos, pero en 2004 se volcaron de lleno al narcotráfico. Los Monos levantaron bunkers en la periferia y empezaron a reclutar niños o “soldaditos”, cuyas manos pequeñas podían atravesar los huecos en las paredes para intercambiar droga por dinero. Otros, como el Clan Alvarado, siguieron el ejemplo.

Algunos niños terminaron trabajando en los bunkers para pagar las deudas de sus padres. “Tuvimos un caso muy cercano de una nena de 15 años que estaba dentro de un búnker porque los que debían [dinero] eran sus padres”, relató Gaby. “Dentro del búnker se consume mucho tiempo encerrado y obviamente le suman la deuda que tenían supuestamente los padres. Y bueno, uno empieza a consumir, y es una cadena que no termina nunca”.

Cuando Claudio Ariel Cantero, alias “El Pájaro”, líder de Los Monos, fue asesinado en 2013, su hermano, Ariel Máximo Cantero, alias “Guille”, asumió el mando. Y se desató el infierno. Los homicidios se dispararon en 2014 en medio de la guerra de Guille, aunque la violencia se concentró principalmente en las periferias.

Pero la inseguridad que vive Gaby convive con el discurso oficial de que el gobierno le lleva ventaja al crimen organizado. Desde que ganó las elecciones de 2023 con una campaña centrada en la seguridad, el gobierno provincial lanzó una serie de reformas con iniciativas tanto punitivas como preventivas.

El año 2024 fue el menos letal en Rosario desde que Guille desató su guerra en 2014. Es cierto que los homicidios han aumentado levemente en 2025, pero siguen siendo inferiores a cualquier otro momento desde entonces.

Sin embargo, aunque en el centro acomodado de Rosario todo parezca más tranquilo, en la periferia las guerras entre bandas persisten.

Según el gobierno, las bandas más grandes han sido desarticuladas. “Ya no podemos hablar como antes, de Alvarado, por un lado, y Los Monos por el otro”, explicó la subsecretaria de Inteligencia, Virginia Villar. “Ahora no son bandas organizadas, sino grupos pequeños”.

Los perpetradores pueden haber cambiado, pero la realidad sigue igual. “[Para quienes caminamos por estos barrios, todo] se ve igual, se escuchan los mismos tiros”, dijo Gaby.

Sin lugar adonde ir

En el lugar que creció Gaby, desde muy temprana edad, hay pocas señales de esperanza de un futuro mejor. Las escuelas han sido blanco de tiroteos y varios niños han muerto por balas perdidas mientras jugaban. Hay pocos clubes sociales u otros espacios donde los chicos puedan mantenerse alejados de los problemas, así que muchos terminan metidos en ellos.

“[Si uno ingresa] a un niño de siete años […] en un club que le va a llamar la atención, que le va a gustar, que va a estar protegido, no habría a los 12, 13, 14 años ni necesidad de una cárcel”, dijo Gaby. “Pero [el gobierno] prefiere la parte mala, el castigo”.

“Necesitamos que quien cometió un delito pague lo que tiene que pagar. Pero no creemos que la salida a todo sea que mueran en la cárcel”, explicó. “No voy a perdonar a quien asesinó a mi hermano, pero entendí también que era una víctima de un sistema perverso, excluyente”.

Sin trabajo

En las afueras de Rosario, pocos empleos superan el salario mínimo, y muchos se sienten atrapados en la informalidad, sin protección alguna. El desempleo es generalizado. Para algunos, arrebatar carteras o vender drogas es simplemente lo que tiene sentido en términos económicos.

Y mientras la falta de trabajo empuja a algunos hacia el crimen, aleja a otros de la justicia. Después del asesinato de su hermano, Gaby empezó a encontrarse con las mismas mujeres en los juicios, pero todas luchaban por encontrar tiempo y recursos para exigir justicia, visibilizar los casos y reclamar políticas más preventivas y restaurativas. Trabajando en empleos informales, tenían poco, aparte de sus voces.

Así, en 2016 formaron Pariendo Justicia, un colectivo para organizar sus batallas legales en conjunto. Consiguieron trabajos en el sector formal, limpiando edificios del gobierno, e incorporaron a otras mujeres.

Pero el desempleo comenzó a aumentar de nuevo hacia finales de 2023, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos de la República Argentina (INDEC). El subempleo, en el que las personas están sobre calificadas o no logran conseguir trabajo a tiempo completo, alcanzó en 2024 su tasa más alta en diez años. El número de mujeres que encontraron trabajo a través de Pariendo Justicia ha disminuido, y los contratos de limpieza con el gobierno se están agotando.

Incluso con empleo, las largas jornadas de las madres significaban que los hijos muchas veces llegaban a casas vacías, o que perdían un día de paga para ir al médico.

“Yo siempre digo: ‘no tengan hijos, no los traigan [a la vida]’ porque hoy vivimos en algo tan feo. Y en cuanto a la seguridad en el tiempo, no le podemos ofrecer absolutamente nada. Ni siquiera le podemos ofrecer hoy en día como mamá, porque no estás, porque trabajás, porque necesitás sobrevivir”, dijo otra integrante de Pariendo Justicia a InSight Crime.

Con trabajos formales que, muchas veces, no alcanzan para sostener a la familia, muchas personas terminan recurriendo a la venta de drogas.

Sin ayuda

“Cuando pasan los pibes en las motos y hacen [esas explosiones]  ‘bangs’. Bueno, te tiras al piso o te metés adentro”, contó Gaby.

Las investigaciones psicológicas sobre el trastorno de estrés postraumático (TEPT) han vinculado el trauma con el aumento de la agresividad y la desconfianza, especialmente entre los niños. Eso puede volver la violencia cíclica. Cuando una víctima o testigo se expone a un crimen o a la violencia, su cerebro se sobrecarga. Si no recibe ayuda, muchas veces recurre a la violencia y a la agresión como forma de protegerse de futuras amenazas.

Este trauma puede afectar el desarrollo del cerebro adolescente y limitar las posibilidades de escapar de la periferia mediante el estudio o un buen empleo. Sin tratamiento, la exposición a la violencia puede hacer que una persona reaccione de manera desproporcionada ante la mínima percepción de amenaza.

El trauma va más allá de asustarse con un petardo o un carro que explota: empuja a muchos niños a unirse a bandas, en parte para protegerse y ser depredadores en lugar de presas. A las bandas no les importan las calificaciones escolares.

Sin confianza

Si encarcelar a personas ha hecho que algunos habitantes del centro de Rosario se sientan más seguros, en las periferias muchos se sienten perseguidos.

“Punir, castigar, encerrar es punir, castigar y encerrar”, dijo Gaby.

Una política de paradas aleatorias para pedir documentos es un ejemplo reciente. La policía revisa el documento, y si la persona no es buscada por ningún delito, la dejan ir. Pero muchos en estos barrios no tienen documentos oficiales, y algunos entrevistados por InSight Crime dijeron que prefieren dejar sus celulares o documentos en casa por miedo a que se los roben. No es raro que terminen en una comisaría lejana sin dinero ni forma de volver.

Otro esfuerzo del gobierno ha intentado mejorar a la policía, pero en estos barrios el nivel de desconfianza y ansiedad frente a ellos es alto. Varios habitantes de la periferia y un trabajador de una organización social, que habló con InSight Crime bajo condición de anonimato, reportaron haber visto a policías custodiando puntos de venta de drogas.

“Si el gobierno construyera escuelas y clubes en estos barrios, no tendría que gastar tanto en construir cárceles”, concluyó Gaby.

 

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