TRISTE NOTA NOVELADA
ANOCHECER DE UN DÍA AGITADO
Amanece. Seis y quince de la mañana. Suena el despertador y a levantarse se ha dicho. Un frugal desayuno y a salir corriendo. Primero, llevar los chicos al colegio. Luego, a hacer bancos. Depositar descubiertos, girar a los proveedores, pagar la cuota del crédito. Me llama el gerente para decirme que aumenta la tasa de interés para descubiertos, se acortan los plazos y debo presentar un nuevo flujo de caja para actualizar mi capacidad crediticia. Mi contador, de vacaciones.
Nueve y media de la mañana, termino recién con la actividad bancaria luego de soportar interminables colas para los infinitos trámites y voy al transporte a retirar los bultos que me enviaron los proveedores. Me llama al celular mi empleada para decirme que tengo a dos inspectores de la ARCA-DGI en el negocio.
Raudamente y con el corazón en la boca, voy a atenderlos. Con un trato frío y sobrador como si yo fuese sospechoso de un grave delito, me comienzan a labrar un Acta pidiéndome montones de papeles e intimándome a un plazo perentorio para presentarlos. Inútiles son mis explicaciones que los mismos los tiene mi contador quien está de vacaciones y regresa en algunos días.
Se retiran y a los pocos minutos, ingresa una dama muy seria y formal quien se identifica como inspectora de la Dirección de Rentas y me hace casi idéntico requerimiento que los de la ARCA. Le explico que mi contador está de vacaciones y, aunque un poco más flexible, me dice que si no cumplo en término seré pasible de una sanción formal, retirándose luego de hacerme firmar el Acta por la visita.
Me pongo a acomodar las mercancías recibidas y dos jóvenes se presentan como inspectores de Bromatología Municipal y comienzan a hacerme una serie de requerimientos que me llevan cuarenta minutos en satisfacer. No obstante, redactan un acta por no tener a mano el Certificado de Desinfección. Inútil es explicarles la situación con mi contador.
Saturado por las visitas de tantos inspectores y pocos clientes, enciendo mi pequeña radio para escuchar algo de música como para relajarme. Grave error, como en una obra teatral dramática, un señor con más pinta de buen vecino en feriado que de funcionario me dice que es el representante local de AADI-CAPIF y me requiere los pagos de los últimos seis meses.
Mis argumentos de que fue casual que encendiera la radio y los acontecimientos que motivaron dicha acción no habitual solo sirvieron para que me intimara al pago del canon de los últimos dos años con más intereses y la multa correspondiente, SOLO POR ESCUCHAR MI RADIO.
Obviamente, por la tarde me visita el inspector o algo así de SADAIC labrándome un Acta por similares características de su colega, aunque mi radio estaba apagada. Por supuesto, para completar la tarde, soy visitado por dos simpáticos señores que se identifican, uno como inspector de algo de Trabajo y el otro como de la Superintendencia de no se que riesgo.
Ya a esa altura de la jornada, con tan pocas ventas y tantas inspecciones, mi mente no pensaba tan claramente. Se retiran dejándome sendas Actas con distintos requerimientos.
Llega por fin la hora del final del día, saludo a mi empleada que se retira, cierro las puertas y hago mi arqueo de caja. Vendí en total la magra suma de cien mil pesos, como para redondear.
Hago los desagregados de costos, carga fiscal, etc. y concluyo que de la utilidad del cuarenta por ciento con que marqué mis productos, el 62 % van al fisco en conceptos de tasas, impuestos y cargas patronales, el 10 % se lo lleva mi empleada de salario, otro 15% en los costos logísticos e indirectos y 8 % es lo que se llevan mis factura de luz y agua. Del 5 % restante, tengo que hacer previsiones por el impuesto a las Ganancias y el de Bienes Personales.
Ya me anticiparon que mañana me visitan inspectores de la obra social de mi empleada y auditores de uno de los bancos para verificar no se que cosas con mi carpeta de crédito. Menos mal que el local es mío y no me tengo que preocupar por el agente inmobiliario.
Si bien no es normal que todas estas cosas ocurran en un solo día en la vida de un pequeño comerciante, sí lo es la preocupación cotidiana por la que atraviesa. El titular de una PYME trabaja y se preocupa todo el día. Incluso, cuando duerme. Es fácil reconocerlo en los centros vacacionales. Siempre están hablando con su celular.
En esta nota quise novelar, aunque no soy escritor, lo que le sucede diariamente y a lo largo de su vida a cualquiera que haya decidido abrazar esta tan noble profesión de la actividad privada. Se vive en un mundo lleno de complejidades, la mayoría en situaciones inesperadas, sorpresivas, que merecen rápidos reflejos para resolver.
Todo ello, y mucho más, es lo que nos diferencia del que hace lo mismo, pero desde la ilegalidad. Pareciera ser que lo ilegal goza de protección e impunidad por la ausencia del Estado controlador.
Un colega, hace algunos días atrás me había dicho que ser PYME en la Argentina era más riesgoso que ser un soldado en Ucrania o en Medio Oriente. Y arriesgaba una cifra: contra centenares de soldados que fallecían al año por la guerra, en nuestro país eran más de mil los propietarios de PYMES que dejaban este mundo por la fuerte incidencia de las enfermedades propias del fuerte estrés al que estaba sometido.
En aquel momento, dicha información me generó dudas. Hoy le doy la razón.
ANTONIO FABIAN HRYNIEWICZ

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