NOTA DE OPINIÓN
LA POBREZA VIOLENTA
En el año 2018 tuvo muchos comentarios un video viralizado en las redes sociales sobre el evento TEDx Bahía Blanca, donde la joven Mayra Arena brindó una muy buena conferencia titulada ¿Qué tienen los pobres en la cabeza?
A lo largo de algo más de 15 minutos dio una bastante detallada semblanza de lo que le ocurre al ser humano cuando le toca nacer y desarrollarse en un asentamiento precario. De esta narración me quedé con una parte en la que la joven se refiere a la violencia de un niño pobre.
Dice textualmente: “la violencia empieza a ser una forma de vengarse de los demás por todo eso que ellos tienen y vos no”. Fuerte, ¿no?
Creo que la anécdota del inodoro y el bidet, donde relata cómo una niña confundió un bidet con un inodoro para orinar debido a su desconocimiento de ciertos elementos del hogar, es muy ilustrativa. A partir de esa vivencia, explica cómo la falta de códigos comunes y la diferencia de recursos al entrar al sistema escolar generan un sentimiento de exclusión que puede desembocar en la violencia como un mecanismo erróneo de defensa y de respeto forzado. Esta aseveración sobre la violencia fue lo que más atrajo la atención del público. Y yo la comparto relativamente.
Uno de los mayores orgullos de mi vida es haber nacido en un hogar muy humilde, con muchas carencias. Mis padres, europeos llegados en la posguerra, con un gran bagaje de horror, angustias, desarraigo y miedos, muchos miedos, deciden establecerse en un país desconocido, donde se hablaba una lengua distinta. Con costumbres y culturas desconocidas para ellos y en absoluta soledad, pues no conocían a nadie.
Solo se tenían el uno al otro, cada uno con su valija de cartón, con los pocos enseres y algunas fotos familiares que pudieron traer, pero con mucha avidez por formar una familia en un ambiente de paz y trabajo.
Y es cierto, nos vestían con lo que podían. Nunca nos faltaron los útiles para la escuela; eran básicos. Y ¿saben qué? Como mi familia, en mi barrio porteño de Versailles había muchos más inmigrantes procedentes de distintas partes del mundo, por distintos motivos y con muchas necesidades.
Los pibes jugábamos en la calle de tierra primero, adoquinada después, con juguetes que nosotros mismos nos hacíamos. Pelotas de trapo, carritos con palos de escoba y rulemanes viejos. Bolitas de vidrio que eran muy económicas.
Así crecimos, juntos, en amistad. Solidarios. Pero también, en mi cuadra había familias de muy buen pasar. Y sus hijos se integraban a nosotros y nosotros a ellos. Sin envidias ni violencias. Éramos amigos.
Este fenómeno que relata la simpática Mayra merece una reflexión. La violencia vinculada con la exclusión y el resentimiento también puede verse agravada cuando la corrupción no se contenta con quedarse con lo que no le corresponde, sino que comienza a ser exhibicionista con lo mal habido. Como restregando en la cara de la sociedad lo pícaros que son.
Maquiavélicamente y sin escrúpulos lograron una posición dominante y, desde esa postura corrupta, hacen lo que quieren. Otorgan un plan social, una casa, comida, pero los vulnerables deben pagar con su dignidad.
Dignidad, sí... El único recurso genuino que tiene un pobre.
Y cuando esa dignidad es humillada, manipulada o utilizada como moneda de cambio, pueden comenzar a crecer el resentimiento, la bronca y, en algunos casos, la violencia. Aunque también creo que esta hostilidad puede ser una respuesta a aquello que se percibe como inalcanzable. Es una situación transversal a toda condición social.
Hay quienes llegan al poder, acumulan riquezas y, sin embargo, permanecen profundamente pobres en aquello que el dinero no puede comprar. Estos autopercibidos líderes poseen dinero, pero adolecen de valores. Lograron el poder, pero están solos. Tienen riquezas, pero carecen de ética. Compran lo que quieren, menos lealtad sincera.
No logran una verdadera relación de amistad. No acceden, en definitiva, al hermoso gozo de sentirse auténticamente apreciados o al de brindarse plenamente a un lazo tan fuerte y tan profundo como solo el amor lo puede brindar.
Infunden miedo, pero no obtienen respeto. Creen ser líderes, pero están angustiantemente solos.
Como se ve, la pobreza es un concepto que va más allá de las carencias materiales. Más aún, las carencias materiales pueden superarse con un buen trabajo, estudiando o accediendo de alguna manera a ganarse la vida dignamente.
De la otra pobreza, la indigencia moral, es mucho más difícil salir. Y cuando se instala, puede convertirse en una de las fuentes más profundas de violencia. Es un estado de odio permanente, de envidia, de voluntad de causar daño al otro al que no se puede igualar y, menos aún, comprar.
Monseñor Jorge Casaretto se centró en definir la pobreza como “una realidad estructural y transversal que debe interpelar a toda la dirigencia política más allá de los partidos” y solía referirse a “la transversalidad de falta de expectativas” de los jóvenes.
De esta pobreza, lamentablemente, son víctimas muchos dirigentes encumbrados, destacados profesionales, hábiles empresarios. Son los pobres de espíritu que jamás confundirían un bidet con un inodoro, pero son incapaces de distinguir a un ser humano simple, bueno y feliz con lo que tiene.
Para finalizar, recuerdo a Facundo Cabral diciendo en sus habituales monólogos que “Hay gente tan pobre que lo único que tiene es dinero”.
ANTONIO FABIAN HRYNIEWICZ
Comentarios
Publicar un comentario
TU OPINIÓN: