NOTA DE OPINIÓN

LAS PYMES Y EL ESCENARIO ACTUAL

El emprendedor es un soñador incansable. Su imaginación está permanentemente creando nuevos modelos de negocios, planificando la diversificación de su actividad como prevención ante eventos de crisis, tan recurrentes en nuestro país, generando oportunidades de empleo y, cuando alcanza cierto grado de éxito, convirtiéndose en un agente de promoción social ascendente de su comunidad. Es lo esperable.

Pero en Argentina, desde hace años, se ha ido desmotivando la actitud emprendedora y debilitando todo incentivo para que resulte natural invertir en nuevos negocios, iniciar procesos industriales a partir de nuestras materias primas, apostar al desarrollo tecnológico o simplemente ampliar una empresa que ya ha demostrado que puede funcionar.

Quien decide emprender no arriesga solamente su capital. También compromete su tiempo, su tranquilidad y, muchas veces, el patrimonio de su familia. Por eso, emprender debería ser una decisión basada en la expectativa de construir un futuro mejor y no una permanente lucha contra las circunstancias.

Cuando antes de poner en marcha un proyecto es necesario calcular impuestos, trámites, costos laborales, energía, alquileres, transporte, servicios y, además, intentar anticipar cuál será el escenario económico dentro de unos meses, es comprensible que muchos proyectos se posterguen.

El problema deja entonces de ser exclusivamente económico y pasa a ser también cultural: una sociedad que durante años transmite al emprendedor que crecer implica asumir cada vez más riesgos termina generando comportamientos defensivos. De dejar de crecer a sobrevivir es lo que nos toca y, obviamente, desanima.

Una pequeña empresa que solamente intenta sobrevivir difícilmente quiera (o pueda) invertir, innovar, incorporar tecnología, capacitar a sus trabajadores. Menos aún generar nuevos puestos de trabajo.

Las PYMES necesitan previsibilidad, que se les indique un rumbo. No necesitan que el Estado les garantice ganancias ni privilegios; necesitan reglas claras, seguridad jurídica, acceso al crédito, costos razonables y un sistema tributario que permita cumplir sin que el cumplimiento termine convirtiéndose en una carga imposible de soportar.

También debemos revisar la relación entre formalidad y supervivencia. Combatir la informalidad no puede consistir únicamente en aumentar controles y sanciones. También debe significar generar condiciones para que permanecer dentro de la legalidad resulte posible y conveniente.

Existe una diferencia sustancial entre quien decide evadir y quien se encuentra frente a una estructura de costos que hace cada vez más difícil sostener simultáneamente la actividad, el empleo y todas sus obligaciones.

Argentina tiene recursos naturales, conocimiento, profesionales, trabajadores y empresarios capaces de transformar nuestras materias primas en productos de mayor valor agregado. Exportar recursos puede generar divisas; industrializarlos puede generar, además, empleo, tecnología, conocimiento y desarrollo regional.

En ese proceso, las PYMES tienen un papel fundamental. Muchas grandes empresas comenzaron siendo pequeñas. Detrás de cada taller, comercio, industria familiar, empresa de servicios, emprendimiento tecnológico o productor que agrega valor existe la posibilidad de construir una empresa de mayor envergadura. Crecer no debería resultar un castigo.

Que una empresa pase de cinco a diez trabajadores debería ser una buena noticia. Que compre una máquina, abra una nueva sucursal, incorpore tecnología, capacite a su personal o comience a exportar debería ser entendido como una señal de desarrollo y no como el comienzo de una carrera de obstáculos.

Aquí aparece una pregunta que debería ocupar un lugar central en cualquier discusión sobre nuestro futuro económico: ¿estamos generando condiciones para que las empresas crezcan o simplemente para que sobrevivan las que puedan?

La respuesta exige decisiones concretas. Necesitamos simplificar el sistema tributario y reducir la burocracia; facilitar el acceso al crédito productivo a plazos y tasas razonables; revisar los costos que afectan la competitividad; promover la incorporación de tecnología y la capacitación; estimular la industrialización de nuestras materias primas y facilitar el acceso de las PYMES a los mercados externos.

Pero, por encima de todo, insisto, necesitamos previsibilidad. Ningún empresario toma decisiones de inversión pensando solamente en el próximo mes. Una inversión requiere recuperar el capital, generar rentabilidad y planificar durante años.

Por eso, las políticas destinadas a las PYMES no deberían depender exclusivamente de los cambios de gobierno o de las urgencias de cada coyuntura. Necesitamos una política de Estado que establezca reglas suficientemente estables como para permitir que el empresario vuelva a pensar en el largo plazo.

No se trata de privilegios. Se trata de crear condiciones. Las PYMES deben ser política de Estado

El Estado debe facilitar, no reemplazar, la iniciativa privada; establecer reglas claras, no modificarlas permanentemente; controlar cuando corresponde, pero también eliminar obstáculos innecesarios. Y el empresario debe asumir, como contrapartida, el desafío de invertir, innovar, capacitar, formalizar y generar empleo.

La Argentina no puede depender exclusivamente de grandes inversiones externas para desarrollarse. Necesita también que sus propios ciudadanos vuelvan a confiar en la posibilidad de invertir, producir y crecer en su país.

Porque una nación no se desarrolla solamente cuando llegan grandes capitales. Se desarrolla cuando miles de personas deciden arriesgarse, crear, producir, contratar, innovar y volver a invertir.

Tal vez haya llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos cuánto más podemos exigirle a una PYME, deberíamos preguntarnos qué podemos hacer para que pueda crecer.

La diferencia es sustancial. En una pregunta está la lógica del control; en la otra, la del desarrollo.

Y si realmente queremos una Argentina productiva, competitiva y con oportunidades, debemos lograr que el emprendedor vuelva a mirar hacia adelante; que invertir sea una decisión racional y no un acto de valentía; que crecer sea una aspiración y no un riesgo; y que ser PYME en la Argentina vuelva a significar, fundamentalmente, una oportunidad de construir futuro, de hacer patria.

ANTONIO FABIAN HRYNIEWICZ

    intelicom2020@mail.com

 

 

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